El ANTI-INFLUENCER: cuando la atención vale más que la humanidad

Las redes sociales democratizaron la posibilidad de comunicar. Hoy cualquier persona puede informar, educar, entretener o inspirar a millones de personas sin depender de un gran medio de comunicación. Esa democratización es, sin duda, uno de los mayores logros de Internet. Pero también abrió la puerta a un fenómeno preocupante: la economía de la atención ha convertido el dolor humano en un producto.

Cada vez que ocurre una tragedia (un terremoto, una inundación, un conflicto o cualquier desastre) aparecen personas que ven en ese sufrimiento una oportunidad para crecer en seguidores, acumular visualizaciones y alimentar los algoritmos. No informan para ayudar. No documentan para preservar la memoria. No comunican para aportar contexto. Publican porque el sufrimiento genera clics.

A este fenómeno quiero llamarlo el ANTI-INFLUENCER, no porque influya poco, sino porque representa lo contrario de lo que debería significar influir. La delgada línea entre el servicio público y el marketing. Un verdadero creador de contenido entiende que toda publicación tiene una responsabilidad. Puede emocionar, enseñar, entretener o incluso denunciar una injusticia. Pero siempre existe un propósito que trasciende el beneficio personal.

El ANTI-INFLUENCER, en cambio, convierte cada crisis en una estrategia de crecimiento. Su pregunta nunca es «¿cómo puedo ayudar?, sino ¿Cómo puedo aprovechar este momento?. La tragedia deja de ser un hecho humano para convertirse en una oportunidad de marketing. La diferencia parece sutil, pero es profundamente ética:

Informar sobre una crisis es un servicio público: Compartir números de emergencia, orientar sobre donaciones, verificar información y combatir rumores puede salvar vidas.

El morbo es oportunismo: Utilizar imágenes impactantes y desgarradoras únicamente para aumentar el alcance de una cuenta personal es otra cosa muy distinta. El incentivo perverso del algoritmo. El problema no es solamente individual. Los algoritmos de las plataformas recompensan aquello que genera reacciones intensas. El miedo, la indignación y el morbo suelen producir más interacción que la información rigurosa. Así se crea un incentivo perverso: cuanto mayor es la tragedia, mayor puede ser el beneficio para quien está dispuesto a sacrificar la empatía por la viralidad.

La consecuencia es una normalización peligrosa. Poco a poco dejamos de ver personas afectadas y comenzamos a consumir contenido. Las víctimas se transforman en material audiovisual. El sufrimiento se convierte en entretenimiento involuntario. Una pregunta necesaria antes de hacer "clic" Necesitamos recuperar una pregunta sencilla antes de publicar (o compartir) cualquier contenido relacionado con una tragedia: ¿Esta publicación aporta algo a quienes están viviendo la crisis o solamente beneficia a quien la publica? No toda visibilidad es valiosa. No todo alcance merece celebrarse. No toda viralidad representa un éxito.

La influencia debería medirse también por la responsabilidad con la que se ejerce. Quizá ha llegado el momento de dejar de admirar únicamente a quienes consiguen millones de reproducciones y empezar a valorar a quienes utilizan su voz para construir comunidad, ofrecer contexto, ayudar cuando hace falta y respetar la dignidad de las personas. Porque la diferencia entre un creador de contenido y un ANTI-INFLUENCER no está en la cantidad de seguidores. Está en la calidad de sus principios.

Edibel Nava Barrios