Lo que callan las diseñadoras

No es falta de talento, es miedo (y nadie te lo cuenta cuando eres diseñadora)

Por: Edibel Nava

Hay días en los que no dudo de mi creatividad…
dudo de si soy suficiente.

Y lo peor no es el diseño.
Es todo lo que pasa alrededor.

Porque diseñar, sé diseñar.
Pero gestionar lo que viene después… eso es otro nivel.

A veces siento que este trabajo no va solo de crear,
va de sostener decisiones.

De defender ideas.
De explicar lo que para ti es obvio… pero para el cliente no.
De mantenerte firme cuando al otro lado hay alguien que “lo tiene claro”… aunque no sepa realmente qué quiere.

Y ahí empieza todo.

Empiezan los miedos.

El miedo a que no le guste tu propuesta.
El miedo a haber entendido mal el briefing.
El miedo a que piense que no eres profesional.
El miedo a cobrar “demasiado”… o peor, a darte cuenta de que has cobrado muy poco.
El miedo a decir: “esto no funciona” y que eso te cueste el proyecto.
El miedo a perder al cliente por tener criterio propio.

Y uno muy común, pero del que poco se habla:

El miedo a desaparecer dentro del propio diseño.

Porque hay momentos en los que ya no sabes si estás diseñando tú…
o si te estás convirtiendo en la herramienta de alguien más.

Cuando el cliente cambia el logo.
Cuando vuelve a la primera propuesta “porque sí”.
Cuando mezcla ideas, referencias, opiniones externas…
y al final, lo que queda, no se parece a nada de lo que tú habías pensado.

Y entonces te preguntas:

¿Esto lo diseñé yo?

Y no.
Ahí ya no estabas diseñando tú.

Estabas intentando encajar.

Nadie nos enseña a gestionar esto.

Nos enseñan tipografías, color, composición…
pero no nos enseñan a poner límites.
No nos enseñan a argumentar sin miedo.
No nos enseñan a sostener un “no” sin sentir que estamos perdiendo una oportunidad.

No nos enseñan que tener criterio también forma parte del trabajo.

Y luego está el otro lado.

El de las ofertas de trabajo imposibles.
El de los requisitos infinitos.
El de sentir que todo el mundo sabe más que tú.

El famoso:
“buscamos diseñador con experiencia, que edite video, lleve redes, haga web, tenga conocimientos de marketing, branding, animación… y si sabe hacer café, mejor.”

Y tú mirando eso pensando:
“No llego”.

Pero déjame decirte algo que a mí me ha costado entender:

No es que no seas suficiente.

Es que estás midiendo tu valor desde el lugar equivocado.

No necesitas gustarle a todo el mundo.
No necesitas aceptar todos los proyectos.
No necesitas bajar tus precios para sentir que “mereces estar ahí”.

Y sobre todo:

No necesitas callarte para encajar.

Hay clientes que no escuchan.
Hay proyectos que no son para ti.
Y hay momentos en los que decir “esto no lo haría así”
es mucho más profesional que simplemente hacerlo.

Quizás el problema no es el miedo.

Quizás el problema es que hemos aprendido a trabajar desde la aprobación constante.

Y eso… desgasta.

Yo no quiero ser la diseñadora que solo ejecuta.
No quiero ser la que dice que sí a todo para no incomodar.
No quiero desaparecer dentro de cada proyecto.

Quiero ser la que propone.
La que cuestiona.
La que construye contigo, no para ti.

Y sí, eso da miedo.

Pero es otro tipo de miedo.

Uno que no te hace pequeña,
sino que te obliga a crecer.

Porque al final, no se trata de dejar de sentir miedo.

Se trata de no dejar que el miedo diseñe por ti.